por: Ana Cecilia Guingue
Hace unos días, de paseo por Medellín, me encontré con viejos amigos de infancia y adolescencia. Amigos de esos con los que pareciera que el tiempo no pasa pues al reencontrarse con ellos después de años se siente la confianza y la transparencia de haber estado juntos siempre.
A mis amigos siempre los recordé ingenuos e inocentes, con las ilusiones de la vida vivas y alegres. Pero esta vez, ante su sorpresa por ciertos arrojos que me he permitido últimamente, surgió un tema entre nosotros: El miedo al amor.
Mis amigos están profundamente dolidos por las rupturas recientes de sus relaciones de pareja. Esto los llena de miedo y desilusión porque sus ideales de amor único, eterno, impoluto fueron defraudados por la realidad de sus vidas. Ante esto, han construido para ellos una barrera de protección hecha de incredulidad, desapego y falta de voluntad para comprometerse.
Yo puedo comprenderlos pues también he sentido esa desilusión, sin embargo hay algo extraño en mí que, a pesar del dolor que he sentido en muchos momentos, no me detiene al momento de abrir mi corazón y dejarme tocar por la belleza de las personas que pasan por mi vida. Creo que esta cosa extraña en mí consiste en que sería tan aburrida la vida para mí sin amor, sin sentirme enamorada, que prefiero correr el riesgo.
Será que vivir protegiéndonos es la forma más plena y vital para nosotros? Será que protegiéndonos podemos sacar lo mejor de nosotros y sentir la plenitud de la vida?
Yo no creo. La vida tiene sus riesgos y entregarnos a los demás y dejar salir nuestra belleza también los tiene. Pero al permitirnos encontrar y conectarnos con un sentido profundo de vida, los riesgos se vuelven más pequeños porque podemos comprender que nuestra vida no depende de una sola persona, sino que nuestra vida está motivada por ese sentido profundo nuestro.
Y tal vez así sea más fácil para nosotros perdonar y perdonarnos nuestras rupturas amorosas y poder comprender que la alegría del amor no depende de que sea único, eterno e impoluto.
Entonces hagamos todo lo que sea necesario para perdonar a otros y a nosotros mismos, conectémonos con un sentido profundo de vida y llenémonos de este para darle sentido a cada paso que decidamos dar y permitamos la aventura, los juegos y los intentos, que así no sean perfectos y eternos nos llenan de vitalidad y alegría y nos permiten gozar de ese sentimiento maravillosos que es el amor.