miércoles, 17 de noviembre de 2010

La Vida en Pausa

Por: Ángela María Peña Luque
Estoy en el aeropuerto de Medellín-Colombia. Me doy cuenta que llevo viajando 2 meses entre varias ciudades del país con un lapso máximo de 15 días entre viaje y viaje.  Me hace feliz viajar (estoy hablando de viajes de trabajo), así sea de un día para otro con un equipaje exiguo que se resiste a ser de ejecutiva.  Me encanta todo de los viajes. El aeropuerto, la sala de espera, los aviones, llegar a hoteles buenos y ser atendida como reina.
Para algunos es una pesadilla, andar de un lado para otro, alejarse de los hijos, marido, esposa. Para mi es un placer, y ese placer se exacerba cuando viajo sola. Que mis compañeros de trabajo no se lo tomen a mal, me encanta lo que nos acercan los viajes y lo mucho que se puede disfrutar una larga espera en compañía. Pero es que viajar sola es un deleite, es como tener un postre delicioso sólo para mi.   Y hasta aquí, supongo, se deben estar preguntando que lo hace tan placentero.  Verán, para mi esos viajes de trabajo son como ponerle pausa a la película de mi vida, contemplarla literalmente desde el cielo y por tanto, no preocuparme por el tiempo.  El tiempo, al contrario se vuelve mi aliado, transcurre a un ritmo pausado, lleno de vida y de respuestas a mis preguntas; preguntas sobre el amor, sobre la vida, sobre cómo quiero diseñar mi futuro, etc. En ese espacio donde todo está suspendido, surgen los mejores planes, las mejores ideas, y también las confrontaciones más duras, las inevitables verdades sobre mi.  También es, ahí mismo, donde encuentro el coraje de seguir mi camino, de reinventarme o simplemente gozarme. Hasta surge una extraña aceptación hacia mi misma  que me asombra y me conmueve; como aceptar el hecho de que me gusta estar sola, que me gusta sentir que nadie dependa de mi y que solo yo soy responsable por quien yo soy y nadie más y por nadie más.  Pero lo más satisfactorio, más que reconocer mi gusto por la soledad, es sentirme libre del tiempo. Qué más puedes hacer en una sala de espera, qué esperar, para eso es… Y claro, puedes esperar ocupándote o deleitándote. Así que yo decido deleitarme con un buen libro, o escribiendo, o haciendo algo que honre el nombre de sala de espera… donde todo lo externo y lo ajeno a mi puede esperar.  Ahí comprendo la virtud de la paciencia, lejos de aguantar es extasiarse con el presente porque lo que esperas simplemente puede esperar.
Y después, en un avión, desafías la gravedad. Todo se puede hacer liviano, nada es sumamente preocupante ni sumamente grave, ahí arriba es posible todo y si crees en Dios o en los ángeles, o la Virgen, inevitablemente, aunque sepas que no están en esas nubes de algodón, los sientes más cerquita.  
Desde esta perspectiva, donde todo entra en pausa, donde el afán se cambia por el arte de saber esperar, y lo grave se hace liviano, y hasta espiritual,  no parece haber razón para volver a echar a andar la vida otra vez, y oprimir el botón de “play” para continuar la película o el video que me he montado.   Pero es en la vida,  es en el “play” donde la pausa cobra sentido para mi, es ahí donde practico la paciencia, la liviandad y la creatividad.  Es donde lo imaginado cobra vida de verdad y, donde, la que me he reinventado en el  lapso que dura la pausa, puede actuar y por ende crear una mejor película.   Así es, para mi sin una buena “pausa” no hay un buen “play”.